El islandés que sueña con dejar huella en el vallenato

Mide 1,95 m y confiesa que es alto hasta en su país. En Valledupar, ciudad donde está radicado en espera del triunfo, sobresale sin necesidad de abrir la boca. Los que lo conocen le piden fotos, los que no, lo miran por su tamaño; Snorri Eldjárn, de 27 años, es islandés y sueña con hacerse famoso cantando vallenatos.

Tendido en una hamaca de un hostal en el centro de la ciudad espera a que llegue su futuro mánager. Está ‘rapado’ y bajo el sol; por esa palidez propia de su raza, parece una lámpara encendida en pleno día.

Al mediodía se estaciona una camioneta negra de vidrios oscuros para recoger a la potencial estrella. El conductor es Joaco Guillén, el hombre que fue el mánager de Diomedes Díaz y de Poncho Zuleta y ahora quiere representar al europeo.

Mientras conduce hacia un centro comercial para asistir a una trasmisión en vivo de una emisora local, Joaco asegura que le llama la atención el islandés por tres razones: primero, el acento. Por ser enredado le incorpora un sabor distinto al vallenato, y eso lo hace exótico; quiere hacer de él una especie de Nat King Cole del ritmo de la región.

Segundo, considera que es afinado y no le hace falta escuela; además, interpreta con ganas y sentimiento las canciones. Tercero, es guapo. Al soltar este último argumento, Snorri sonríe y no dice nada. En todo el camino estuvo mudo como un alumno juicioso que está al frente de su maestro.

Joaco continúa: “Yo lo quiero guiar para que se vista bien, para que sepa cómo actuar, cómo cantar, qué decir, qué melodías interpretar… vamos a sacar a este muchacho adelante”.

Snorri, que apenas sabe de memoria dieciocho canciones y se dio a conocer en las redes sociales, ya recibió la bendición de la mamá de Diomedes Díaz, ingresó como invitado especial al museo del acordeón, conoció al maestro Beto Murgas y ya tiene acordeonero, Felipe Mendoza, que le sigue los pasos y las letras.

La coordinadora de turismo de Valledupar, Adela Becerra, trata al islandés como si no fuera de este mundo y le insiste a la gente que se tome fotos con él. Ella también confía en el estrellato del joven.

Los primeros días de su estancia fue trasteado como visitante ilustre por funcionarios de la alcaldía a los lugares turísticos. Comió yuca, patacón, butifarra y queso costeño. Concedió entrevistas en varias emisoras, posó como modelo para una tienda de ropa y tendrá el privilegio de cantar en el Festival de la Leyenda Vallenata 2018. El sueño de cientos de aficionados se le materializó a este extranjero que canta hace solo medio año.

Ahora que está en una ciudad donde el viento ha destechado casas y derrumbado postes, Snorri se siente como en un torbellino humano de reconocimiento, y solo espera que no sea efímero. Pasa de mano en mano, de foto en foto, de autógrafo en autógrafo y de concierto en concierto. Toma la mano que se le ofrece y se deja guiar.

De un pequeño pueblo

Nació a 8.000 kilómetros de distancia en Dalvík, un pueblo costero de unos dos mil habitantes en el norte de Islandia. En esa aldea donde todos se conocen por familiaridad o vecindad, Snorri recuerda que empezó a cantar a los cinco años, durante uno de los ensayos de su padre, también cantante. A esa edad se dio cuenta de que no sufría de pánico escénico, como la mayoría de los niños, y guiado por su progenitor empezó a afinar la voz con baladas de Elvis Presley. En la adolescencia integró un grupo de jazz y alcanzó el tope de la fama que se puede alcanzar en su pequeño pueblo.

A los 22 años, con la sensación de que su voz tenía que ser escuchada por miles de personas, se presentó al ‘reality show’ ‘Islandia’s Got Talent’, en el cual los participantes demuestran todo tipo de talentos. Compitió con bailarines, magos, contorsionistas y otros cantantes. Entre dos mil quedó en el grupo de tres finalistas, pero le ganó una niña de nueve años.

En su país, de algo más de 350.000 habitantes y donde hasta Björk puede salir a comprar leche sin el temor a los paparazis, Snorri alcanzó algún grado de reconocimiento: un reconocimiento que desaparecía tan pronto salía del set del programa de televisión que acaparaba el ‘rating’. Los adultos no se inmutaban al verlo, y solo algunos niños se acercaban y le pedían que cantara.

Así que pronto sepultó en pescados su sueño de ser un artista. Se dedicó a estudiar mercadeo, industrialización y comercialización de salmón, bacalao, trucha ártica, carbonero y arenque. Se imaginó un futuro como empresario casado, con hijos y viviendo en una casa en su pueblo natal. Pensó que su don para la música quedaría relegado al baño, a la esposa y al arrullo de los bebés.

En 2016 llegó a Colombia para aprender español. Arribó a Cartagena y en esa ciudad entendió que no hay necesidad de las letras S y R para darse a entender, y que las palabras ‘marica’ o ‘mondá’ son muletillas usadas en todas las conversaciones para decir mucho o nada. Allí escuchó por primera vez el vallenato y fue para él como probar un plato nuevo; al principio le supo raro, pero lo siguió comiendo, hasta tomarle gusto. Permaneció tres meses y se regresó a su país.

En Islandia, tierra donde las caderas parecen témpanos de hielo, Snorri siguió estudiando español con las canciones de Diomedes Díaz, su ídolo. En ese entonces aprendió tres canciones que escuchaba todo el día: ‘La suerte está echada’, ‘La reina’ y ‘Sin medir distancias’. No las escuchaba con audífonos sino de la forma como se escucha en la Costa colombiana, a todo volumen. Su familia, por la misma fuerza de la costumbre que lo ató a ese ritmo, empezó a tararear las canciones. Con las letras aprendidas comprendió el significado y se enamoró aún más porque, según dice, son historias de amor y desamor sin pretensiones y con puro corazón.

La mujer que lo lanzó

En 2017 volvió a Colombia por un mes más y el último día visitó a Elvira Bustamante, la mujer que lo acogió la primera vez que vino cuando no tenía la más remota idea del idioma. La sobrina de Elvira, una niña de nueve años, le pidió que cantara ‘La reina’, y él, sentado en una mesa entonó, con su voz enredada y los ojos cerrados, la canción. ‘La dueña de casa’, al ver el sentimiento de ese extranjero lo grabó con un celular sin que él se diera cuenta, y luego lo despidió con lágrimas pensando que no lo volvería a ver en persona.

Elvira envió el video a ‘Peppa la costeña’, una página especializada en humor y folclor del Caribe. El video titulado ‘Cuando un gringo canta mejor que un costeño’ alcanzó casi 369.000 visitas. Por la rapidez de las redes, Snorri, desde su fría isla, se enteró y escribió en la página: “No soy un gringo, soy un perro islandés”.

Gracias a esa respuesta que delataba su identidad le llegaron miles de solicitudes de amistad y mensajes de admiración. Para complacer a esa repentina fanaticada abrió su propio canal en YouTube y subió más melodías acompañadas de guitarra.

“Voy a ser cantante de música vallenata”, les dijo a sus padres. “¿Te volviste loco, Snorri?”, le respondieron. “Esa música es sagrada por allá. Cómo se te ocurre hacer eso si ni siquiera hablas bien el idioma”.

En su primer video, para demostrar que no solo aprendió el español sino las expresiones propias de la región Caribe colombiana, dijo: “Hola muchachos, me falta un acordeón y una banda, pero me vale mondá”. En otros videos continúa los saludos con más palabras consideradas vulgaridades en otras regiones del país.

Ante las críticas, asegura que esas expresiones no son ofensivas; al contrario, son cálidas, con mucha chispa y crean un vínculo más cercano con la gente.

Después de una docena de videos alcanzó una fama virtual que atrajo pretendientes. Las mujeres, en público y en el chat privado, le coquetean con palabras y emojis y le mandan fotos y mensajes: “Cásate conmigo”, “llévame a tu país”, “quiero una serenata privada”. Él, como un caballeroso artista, le responde a cada una con un “gracias”.

Aunque en Islandia no recibiría una segunda mirada, en Colombia él sabe que su tipo llama la atención, así como lo sabe el mánager Joaco Guillén. En términos empresariales, es un buen producto para explotar en el mercado nacional.

Por: Diana maria Pachon

 

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